El negocio webcam: minutos y más minutos

Andrés Esteban Marín-Marín
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Crónica publicada originalmente en Terra Colombia, en 2007.

Preámbulo

Hay textos que uno escribe sin saber que está documentando el inicio de algo. Esta crónica nació como un trabajo de clase en la Universidad de Antioquia, donde estudié periodismo. El ejercicio era salir y recorrer las calles, encontrar una historia que valiera la pena y contarla. Lo que hallé fue una casa en el barrio El Velódromo, a pocos pasos del parque El Pinocho, donde diecisiete personas trabajaban frente a cámaras web complaciendo a desconocidos del otro lado del mundo.

Era 2006. La internet en Colombia no iba bien: conexiones lentas, imágenes pixeladas, cámaras que apenas alcanzaban a transmitir una silueta borrosa. Y aun así el negocio funcionaba, porque lo que vendían no dependía tanto de la calidad de la imagen como de lo que había detrás de ella.

En el país casi nadie hablaba de esto todavía. La industria del cibersexo existía en las sombras de zonas residenciales de estrato medio-alto, detrás de nombres de fachada y de cortinas coloridas. El texto que entregué en clase terminó siendo publicado al año siguiente en Terra Colombia, el portal de internet más visitado del país en aquella época, y se convirtió en referente para otros medios que comenzaron a explorar el tema.

Hoy, años después, Colombia es uno de los países con mayor número de modelos webcam en el mundo. Lo que en 2007 era una rareza que la gente prefería no nombrar se convirtió en una industria que mueve cientos de millones de dólares al año. Esta crónica desapareció con el portal Terra. La rescato ahora porque fue, en su momento, una de las primeras miradas periodísticas a una dinámica que estaba naciendo en la ciudad sin que casi nadie lo percibiera.

La casa que no era una casa

Cuando el teléfono sonaba a las dos de la mañana en aquella casa del barrio El Velódromo, al otro lado de la línea siempre respondía una voz de mujer: «Compusystem, buenas noches». La frase era corta, neutra y diseñada para no revelar nada. Sonaba a empresa de soporte técnico o a central de llamadas, que era exactamente lo que sus habitantes decían ser si alguien preguntaba.

La casa tenía piscina, seis habitaciones y una fachada igual a la de cualquier otra vivienda del sector, una zona residencial de estrato medio de Medellín donde los vecinos salían a caminar con sus perros por las mañanas y regresaban antes de que oscureciera. Nadie en el barrio sabía, o nadie quería saber, qué ocurría allí adentro cuando caía la noche.

Adentro, cada habitación había sido convertida en un módulo de trabajo: cámaras web apuntando hacia colchones tendidos en el suelo, computadores encendidos con conexiones a sitios de adultos, cortinas de colores que servían de fondo y de frontera entre la vida real y la que se transmitía en vivo al otro lado del Atlántico o del Pacífico. Diecisiete personas, entre hombres y mujeres, de 18 y 27 años, trabajaban allí por turnos de nueve y doce horas. Era, en todos los sentidos prácticos, «una fábrica». Lo que se producía eran minutos de intimidad virtual vendidos en dólares.

Diva

Ella pidió que la llamaran Diva. Tenía 18 años y llevaba tres meses trabajando en la casa cuando la conocí. Había llegado después de irse de su apartamento en el barrio Robledo, en el occidente de Medellín, luego de una pelea con su madre que había escalado hasta los golpes. «Mi mamá me tira a la cara con las uñas y me la raya, me pega en la boca», decía con una calma que incomodaba, como si estuviera describiendo el clima. «Eso no se lo permito. Estoy muy vieja para eso».

Diva no tenía dónde dormir cuando empezó. Los primeros días en la casa se ganaba lo suficiente para comer, pero no para pagar una habitación. Los dos jefes que tenía, padre e hijo, de Cali, se dieron cuenta de que se quedaba después del turno y le ordenaron buscar dónde vivir. Lo hizo. Encontró apartamento con una compañera de trabajo que había entrado al negocio porque una amiga la invitó y le habló del dinero que podía ganar, y eso la deslumbró. Desde ese momento se pintó el cabello de rubio y se puso un piercing en la nariz, como si quisiera ensayar ser otra persona. Antes de encender la cámara, en algunas noches, consumía medicamentos para la ansiedad.

«Me gano cerca de un millón y medio de pesos quincenales y solo tengo que desnudarme al frente de una cámara y hacer lo que el cliente quiere», decía sin ironía, con la convicción de quien ya ha resuelto una discusión interna que quizás duró muy poco.

Su tarea consistía en complacer a cibernautas asiáticos, norteamericanos y europeos en los sitios streamate.com y flirt4free.com, dos de los cientos que poblaban internet con ese tipo de contenido. La lógica del negocio era simple, pero a la vez despiadada: retener al usuario en las salas privadas el mayor tiempo posible. Por cada minuto, le descontaban al cliente cerca de tres dólares de su tarjeta de crédito. De ese dinero, el nueve por ciento llegaba a la modelo. «El dueño de estas instalaciones es quien se queda con la mayor parte», decía Diva sin resentimiento aparente.

Felipe y el negocio que quería montar

El novio de Diva se hacía llamar Felipe. Tenía 23 años y había entrado a ese mundo porque él mismo había ejercido ese oficio antes. Allí conoció a Diva, y llevaban como pareja un mes.

Era quien tenía la visión más clara de cómo funcionaba todo. Explicaba que la clave estaba en los privados: las salas de sesión individual donde el cliente pagaba por minuto y donde la duración podía ir de un minuto a una hora, dependiendo de cuánto dinero quisiera o pudiera gastar. La idea, según Felipe, era «que se queden un buen tiempo». Mientras más minutos, más dólares. Mientras más dólares, mayor el porcentaje acumulado al final de la quincena.

Felipe soñaba con montar su propia empresa dedicada al sexo virtual. Lo decía como cualquier joven emprendedor hablaría de abrir una tienda o un restaurante. No había pudor en esa declaración. «Es un buen negocio», expresaba.

Mateo

Mateo tenía 19 años y era el que más hablaba de lo que nadie quería mencionar en voz alta. No estudiaba por el momento y cargaba sobre sus hombros algo que pocos en ese lugar podían decir que tenían: una familia entera. Sus padres, su hermana y su hermano menor esperaban cada quincena lo que Mateo produjera frente a la cámara.

«Yo soy el que sostiene la casa», decía sin dramatismo, casi con orgullo. No como víctima sino como alguien que había tomado una decisión y no tenía tiempo de arrepentirse.

Lo que Mateo contaba sobre el día a día adentro era lo que los demás callaban o mencionaban en voz baja. El licor circulaba, pero las drogas más. No como fiesta sino como herramienta: una forma de aflojar lo que el cuerpo y la mente apretaban cuando el cliente pedía algo para lo que ningún turno de nueve horas preparaba del todo. «Uno tiene que trabarse para aguantar», decía. «Si no, no puede».

Mateo tenía relaciones sexuales con sus compañeros frente a la cámara, con hombres y mujeres por igual, según lo que el cliente solicitara y pagara. Sin protección. Era parte del servicio, o al menos así lo entendía él en ese momento, como si la cámara interpuesta entre él y el mundo que lo miraba también interpusiera alguna distancia con las consecuencias. No era el único que funcionaba así en la casa, pero era el que lo decía con más naturalidad, sin buscar que uno reaccionara de ninguna manera. Lo narraba como quien describe el reglamento de un trabajo cualquiera.

Sin embargo, había algo que Mateo sí guardaba con cuidado, algo que protegía del tono neutro con que contaba todo lo demás: quería independizarse, como Felipe, y montar su propio estudio, con buenas cámaras, con computadores de verdad, sin la imagen borrosa y la conexión que se caía a cada rato. Quería hacerlo bien y en grande.

«Con cámaras buenas y buenos equipos, uno puede ganar mucho más», decía. Y en esa frase, más que en ninguna otra cosa que expresara esa noche, había algo que sonaba auténtico: la ambición de alguien que ya conocía el negocio por dentro y sabía exactamente qué le faltaba para ser el dueño.

La fachada perfecta

Cuando alguien preguntaba a Diva en qué trabajaba, la respuesta salía automática, sin dudar: «en un call center de telemarketing.» Era la coartada perfecta porque no era del todo mentira. Había turnos, había auriculares en algunos módulos, había llamadas. «Aunque lo que hacemos es legal y existen papeles, no podemos decir en lo que trabajamos», explicaba. «La cosa no se puede calentar porque esto es pura mafia. ¡Nos vigilan!».

La vigilancia era completa. La casa contaba con circuito cerrado de televisión. Los correos electrónicos personales quedaban registrados en una base de datos. Las reglas internas prohibían mencionar la ciudad de origen con los clientes: había que decir que se vivía en otro país. También estaba prohibido establecer contacto con ellos por fuera de las plataformas. Quien violara esas normas era sancionado.

Diva lo sabía porque ella misma había sido suspendida: cinco días sin trabajo, sin ingreso, por haber establecido contacto con un hombre que le enviaba mensajes desde España y le giraba dinero. «Antes me fue bien», decía, refiriéndose a la sanción. «Lo mínimo que me pudo pasar fue esto. Me pudieron quitar los minutos trabajados o hasta despedirme. Aprendí la lección».

Contaba que un estadounidense de 47 años que decía ser hijo de un alto consejero de gobierno de Estados Unidos era quien más tiempo tenía registrado en la plataforma. El hombre se quedaba conectado más de una hora simplemente mirándola, sin llegar a ningún estado de intimidad. «Él es mi mayor cliente», decía. Recordaba que con sus primeros 250 dólares se había comprado un celular de última generación.

El reclutamiento

El negocio necesitaba renovación constante. Para eso existían dos tutoras, como las llamaba Felipe, encargadas de reclutar jóvenes en el Valle de Aburrá. Su método era amplio y directo: visitaban universidades, colegios, bares y discotecas de todo tipo de estratos, y escuchaban recomendaciones. Buscaban, según él, «para todos los gustos».

Los requisitos eran cuatro: ser jóvenes, tener un cuerpo atlético —preferiblemente deportistas—, dominar el inglés y estar dispuesto a complacer a los clientes. Con esas condiciones, la puerta estaba abierta.

Según lo que indicaron las fuentes, los jefes operaban desde dos ciudades: el padre desde Bogotá, donde tenía otra casa con el mismo esquema de funcionamiento, y el hijo, que era ingeniero de profesión, desde Medellín. «Ellos se dedicaron a este negocio porque le da mucha plata», contaba Diva.

*Los nombres de las fuentes fueron cambiados a petición de ellas mismas.

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Periodista, especialista en Gerencia de la Comunicación con Sistemas de Información, magíster en Comunicación, maestrando en Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina), exárbitro de fútbol, Líder Catalizador de la Innovación Pública y profesor universitario.
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