Arbitraba sin haber terminado el curso. Así, a medio bautizar, con el silbato aún tibio y la fe prestada.
En Arbiantioquia, el único colegio oficial de árbitros de fútbol en ese momento, no escaseaban los partidos. Lo que faltaba era tiempo. La necesidad del servicio y la pedagogía arriesgada de los instructores nos empujaban a la cancha antes de graduarnos, como a esas celebridades de las redes sociales que nacen sin milagros, pero con urgencia.
Los viernes eran liturgia. La antigua sede de la Liga Antioqueña de Fútbol olía a marcador, a sudor seco y a leyes recién leídas. Allí discutíamos jugadas que no habían pasado pero que podían arruinarnos la vida, nos actualizábamos en conceptos y reclamábamos, como quien cobra un destino inevitable, las planillas con las designaciones. Uno entraba y salía con un fin de semana comprometido.
Ese viernes me tocó el turno de crecer. Primer partido oficial. Central.
Sábado, nueve de la mañana. Cerca de mi casa. Cancha del Salazar y Herrera.
La calma previa
Dormí tranquilo. Conocía esa cancha como se conocen las cicatrices: la había caminado, sufrido y celebrado. Allí había sido jugador; ahora sería juez. El mismo terreno, otra culpa.
Llegué temprano, como llegan los que no quieren fallar. Reconocí a los equipos —Sub-15, todavía con cara de recreo—. Me puse una camiseta gris con negro, neutral como debía ser, para no confundir mi autoridad con la camiseta de nadie.
Calenté sin prisa, llamé a los equipos, a los capitanes, di recomendaciones que hoy no recuerdo pero que entonces sonaban bonito. Hice el sorteo. La moneda cayó como caen las decisiones importantes: sin pedirle permiso a nadie.
El partido comenzó. Y yo también.
Sentía algo de nervios, pero trataba de gestionarlos.
Cuando el tiempo decidió no ayudar
Todo marchaba bien. El balón obedecía, los jugadores corrían, el mundo parecía estar de acuerdo conmigo. Ninguna falta dudosa, ningún reclamo peligroso. Un arbitraje feliz, que siempre es sospechoso.
Hasta que miré el reloj. Y el reloj no corría.
No había puesto el cronómetro.
No tenía árbitros asistentes. Nadie que contara los segundos. Estaba solo, con una matemática emocional que no servía para nada.
El partido se volvió más rápido, más intenso. Los minutos empezaron a parecerse entre sí. Intenté sumar mentalmente, pero la cabeza no es confiable cuando el silbato pesa. Miré al cielo buscando una señal cósmica. Observé la arenilla, esperando un milagro geométrico, pero nada.
Entonces recordé un dato mínimo, pero salvador: el partido había comenzado un minuto y medio después de la hora pactada. Con eso me aferré al tiempo como quien se agarra de una cuerda invisible.
Calculé. Inventé. Decidí.
Pité el final del primer tiempo.
Sentí paz. La paz del que no sabe si acertó, pero ya lo hizo.
Hasta que llegaron los técnicos:
—Profe… ¿no faltaron unos minutos?
Desde ese día llevo el tiempo como se lleva una conciencia culpable: con rigor. Y, por si acaso, con dos relojes en cada partido.
Porque uno puede olvidar muchas cosas en la vida, pero nunca debería olvidar en qué minuto toma una decisión.