Entre la locura, el estilo y la supervivencia del fútbol moderno

Andrés Esteban Marín-Marín
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Fue una discusión distinta, en una noche que tampoco se parecía a las demás. No fue una pelea: fue un choque de argumentos, una colisión de ideas en mitad del ruido de un evento comercial, con música demasiado alta, camisetas recién desempacadas y ese olor inconfundible a mercancía nueva.

Ahí estaba él: José René Higuita Zapata. El Loco. El irreverente.

El portero que salió del arco para advertirle al fútbol que la línea del área no era una frontera, sino una sugerencia mal dibujada.

El del escorpión. El arquero goleador que obligó a reescribir las reglas de juego.

Lo confieso sin pudor: yo celebraba cada una de sus locuras. Cada vez que abandonaba la portería, el partido parecía volverse más honesto y menos cobarde. Y cómo olvidar aquel tiro libre a River Plate, una herejía convertida en gol. Hoy hacen falta más guardametas así. Higuita no defendía un arco: lo reinventó. Sus locuras —tan racionales en el fondo— empujaron cambios, ajustes y miedos institucionales. El fútbol moderno también se escribe a partir de sus atrevimientos.

Nos encontramos en la apertura de una tienda de una marca mundialmente famosa. Esas inauguraciones donde el marketing simula cercanía y la nostalgia se disfraza de consumo. En aquel momento, el empezaba su camino como entrenador de arqueros en un equipo profesional. Yo, excesivamente joven para el cargo que ocupaba, era el director de comunicaciones encargado de ese mismo equipo.

¿Estilo o supervivencia?

Mientras René firmaba autógrafos y se dejaba fotografiar como quien paga una deuda eterna con la gente, me acerqué calladito. No para pedirle una foto. No para rendirle culto. Le pregunté algo que me atravesaba la cabeza como un balón mal despejado:

—¿Por qué le estás enseñando a Brayan a salir como voleibolista?

Brayan era el arquero titular. Había cometido un par de errores rechazando balones con los puños, despejes sin elegancia. No diré el apellido. No diré el equipo. Los que saben, saben. El fútbol también vive de silencios compartidos.

René me miró con esa mezcla de paciencia y picardía que tienen los que ya no necesitan demostrar nada.

—Eso es una virtud —me dijo.

Yo, con arrogancia limpia, le respondí que no.

Que nunca lo vi a él hacer eso. Que Higuita amortiguaba el balón. Que lo recibía con estilo, como quien recibe una idea peligrosa y decide no expulsarla de inmediato.

Me habló de tiempos distintos. De momentos distintos.

De que no siempre se puede atrapar la pelota, que a veces hay que rechazarla y que una cosa es la estética y otra la supervivencia.

Yo insistía en el estilo.

Él defendía la practicidad.

Yo hablaba del gesto.

Él del material de los balones modernos: más traicioneros, más veloces, menos románticos.

Discutimos un rato. Sin público. Como se discute el fútbol cuando todavía importa.

Al final nos reímos. No porque alguno hubiera ganado, sino porque entendimos que hablábamos de lo mismo desde orillas distintas. Yo creo —y quiero creer— que René comprendió lo que yo no supe decir mejor: que como él, hasta ahora, no ha habido nadie.

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Periodista, especialista en Gerencia de la Comunicación con Sistemas de Información, magíster en Comunicación, maestrando en Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina), exárbitro de fútbol, Líder Catalizador de la Innovación Pública y profesor universitario.
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