Crónica publicada originalmente en Terra Colombia, 2007
Hay notas periodísticas que nacen de una llamada telefónica y mueren en el archivo digital de un portal. En 2007, el director de contenidos de Terra Colombia me llamó y me hizo una pregunta concreta: ¿qué estaba pasando en Medellín con los Skinhead? En Bogotá ya había muertos. En la capital de la república, el asunto había saltado de las esquinas a los titulares, y los editores querían saber si la segunda ciudad del país también estaba en ebullición.
La nota se escribió, se publicó y desapareció durante los años que estuvo apagado el portal Terra. La rescato ahora después de encontrarla en un viejo disco duro.
El ruido que venía de Bogotá
En septiembre de 2007, en un bar del norte de Bogotá, un guitarrista de una banda de hardcore llamado Julián Prieto fue atacado por un grupo de cabezas rapadas y murió esa misma noche. El caso encendió una alarma que llevaba años parpadeando sin que nadie la atendiera: las tribus urbanas llevaban mucho tiempo peleando sus guerras internas en las calles, pero ahora había un nombre y un cuerpo, y los medios de todo el país empezaron a hacer preguntas que casi nadie sabía responder con precisión. ¿Eran todos nazis? ¿Eran todos violentos? ¿Quiénes eran exactamente?
El desconcierto era comprensible. Para la mayoría, cabeza rapada era sinónimo de violencia racial. Mientras Bogotá procesaba su duelo y sus confusiones, en Medellín un joven que aquí llamaremos Fernando caminaba por el parque de El Periodista con un fajo de volantes bajo el brazo.
Para entender lo que Fernando hacía ese día en el parque, hay que cruzar el Atlántico y retroceder sesenta años. El movimiento Skinhead nació en el este de Londres en los años sesenta, entre jóvenes obreros que no tenían nada que ver con la imagen que el tiempo y la prensa le construirían al movimiento. Su ideología original se inspiró en la cultura del trabajo (de ahí las botas, los overoles y las tirantas) y se asoció desde el principio con la cultura afrodescendiente jamaicana.
Música y clases sociales
El ska y el reggae eran su música antes de que llegara el punk. El nombre mismo era un gesto de clase: mientras los hippies universitarios usaban el pelo largo como bandera de libertad, ellos se afeitaban la cabeza en señal de que pertenecían a otro mundo, al mundo de las fábricas y los turnos nocturnos.
Con el tiempo, como ocurre con casi todo lo que nace de la rabia, el movimiento se fracturó. Surgieron los Sharp (Skinheads Against Racial Prejudice), antirracistas y de izquierda; los Rash o Red Skinhead, que reivindican el obrerismo inglés, y los neonazis, organizaciones que defienden el Estado, la propiedad y la familia desde una ideología de pureza racial. Tres familias bajo un mismo cráneo afeitado, con un odio mutuo tan genuino como el que decían sentir hacia el sistema.
En Colombia, hay registro de los cabezas rapadas desde 1985, aunque durante años fueron una rareza urbana que la ciudad miraba sin entender del todo. Para 2007, ya tenían historia, territorios y conflictos propios. Y en Medellín, tenían volantes.
La estética del miedo y la identidad
Antes de que Fernando abriera la boca para explicar algo, lo primero que uno veía era su cuerpo. La imagen de un Skinhead recorriendo los parques del centro de Medellín en 2007 era inconfundible y, para muchos transeúntes, desestabilizadora sin que ellos supieran bien el porqué.
Fernando tenía veintitrés años, botas negras que golpeaban el concreto con una cadencia particular, chaqueta verde oscuro y la cabeza afeitada con la precisión de quien cuida ese detalle como otros cuidan el peinado. Caminaba con paso firme, hablaba poco con extraños, pero respondía sin dudar cuando alguien se atrevía a preguntar. Tenía cosas que decir y llevaba mucho tiempo buscando a quién decírselas. En la mano, el fajo de volantes. En la mirada, la actitud de alguien cumpliendo una tarea urgente.
El parque de El Periodista, cuartel improvisado
El parque de El Periodista está en el centro de Medellín, en uno de esos puntos donde el día y la noche negocian sus términos con mayor libertad. Lo atraviesan estudiantes, trabajadores, vendedores ambulantes y también jóvenes que no encajan en ninguna de esas categorías y que han convertido sus bancas y esquinas en territorio propio. Es un lugar vivo, mezclado y sin dueño fijo.
Era allí donde Fernando repartía sus volantes. Los entregaba con calma, sin agresividad, con la actitud de alguien que ha practicado el gesto muchas veces. Si alguien los rechazaba, lo aceptaba sin insistir. Si alguien preguntaba, respondía.
«Los verdaderos Skinhead nos mantenemos al margen del racismo, los partidos y pensamientos políticos», decía. «Nosotros tenemos nuestra propia manera de ver las cosas y de actuar».
El volante
El papel que Fernando repartía ese día era, en sí mismo, un pequeño manifiesto. Impreso en blanco y negro, con la fuerza gráfica de quien no tiene presupuesto pero sí tiene urgencia, encabezado con el nombre del grupo en letras grandes como un golpe: Skinhead Medellín.
Debajo, la declaración de principios que los separaba de la imagen que la prensa bogotana acababa de instalar en el imaginario colectivo: «ni rojos, ni nazis, simplemente Skinheads. Renunciamos a la hipocresía, a las mentiras políticas, solo queremos justicia».
El volante convocaba a una manifestación y listaba sus causas con la precisión de quien ha pensado mucho en lo que dice: protestaban contra la discriminación laboral. Contra la privatización de la salud, la educación y los servicios públicos. Contra las multinacionales que desplazaban mano de obra colombiana o la empleaban con salarios de miseria. Contra el tratado de libre comercio con Estados Unidos.
Al pie del volante, tres palabras que funcionaban como escudo de armas: «Siempre rudos. Siempre rebeldes. Siempre obreros». Y un correo de Yahoo.
Una guerra interna con dos bandos
Lo que el volante no decía, pero Fernando explicaba cuando había confianza, era que los Sharp existían en parte como respuesta a otro grupo: los Skinhead neonazis. Entre ambas facciones había una tensión real, no solo de papeles y páginas web. «Tenemos resentimientos por los Skinhead nazis», decía Fernando, sin rodeos. «Pero no compartimos la violencia», agregaba.
La aclaración era necesaria en ese momento, cuando la muerte de Julián Prieto en Bogotá había puesto a todos los cabezas rapadas bajo la misma lupa. Pero también era una aclaración que la realidad complicaba: en las calles, las fronteras entre ideología y confrontación son más porosas de lo que cualquier manifiesto quisiera reconocer. Fernando lo sabía. Por eso tenía que cambiar constantemente los lugares de encuentro.
El barrio Carlos E. era otro punto estratégico: su parque congregaba jóvenes universitarios, gente con tiempo y disposición para escuchar y terreno fértil para fomentar su ideología. La lógica era simple: llevar el mensaje a donde estaba la gente.
La internet como territorio
Para 2007, los Sharp de Medellín ya habían entendido algo que muchas organizaciones sociales de la ciudad todavía estaban aprendiendo: que internet era un espacio de disputa tan real como una esquina.
La página www.skinheadmedellin.tk, alojada en un dominio gratuito y construida con los conocimientos de quienes no tienen recursos, reunía videos, fotos, textos sobre sus ideales, la historia del movimiento en Inglaterra y la música que los definía. Los foros eran, según Fernando, el corazón de la experiencia digital: «en esos espacios discutimos y debatimos todos. No nos importa lo que decimos, solo lo que pensamos».
Una causa pequeña que crecía
«De cuatro personas que éramos, ahora contamos con muchos más», decía Fernando con algo parecido al orgullo. El grupo era reducido. En Medellín, los Sharp eran minoría dentro de las tribus. Pero su estrategia funcionaba a escala pequeña y con persistencia. Los volantes que duraban pocas horas en las carteleras antes de ser arrancados habían cumplido su función en ese tiempo breve: alguien los había leído, anotado el correo electrónico, visitado la página.
«Esto es una forma de llamar la atención y de luchar por los ideales», decía Fernando. Y en eso, más allá de cualquier debate ideológico, tenía razón. Lo que hacían en los parques de Medellín con sus papeles fotocopiados era exactamente lo que los obreros habían hecho en Manchester o en Leeds muchas décadas antes: llevar el mensaje a la calle y ocupar el espacio público con ideas.
* El nombre de la fuente fue cambiado a petición de ella misma.