Prohibir es una forma elegante de no pensar

Opinión

Andrés Esteban Marín-Marín
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El Gobierno de España anunció la prohibición de las redes sociales para menores de 16 años. Lo hizo con tono protector, como quien tapa un espejo para que nadie se vea. La intención parece buena.

Pero…, prohibir siempre ha sido el gesto favorito de los adultos asustados. Cuando no entendemos algo, lo cerramos. Cuando no sabemos acompañar, decretamos. Cuando no confiamos en nuestra capacidad de educar, legislamos el miedo.

En la curia de Barranquilla —sí, en la curia— hablé de libertades. En el marco de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales del Papa Francisco 2024, participé en el Foro Inteligencia Artificial y Sabiduría del Corazón, organizado por Uniminuto Caribe. Después de mi ponencia vino el conversatorio: Inteligencia artificial: ¿oportunidad o peligro? Interrogantes para el hoy y para el mañana.

Las preguntas giraban, inevitablemente, alrededor del control. ¿No habría que prohibir? ¿No sería más seguro cerrar el acceso? ¿No es demasiado riesgo dejar explorar?

Respondí que no. Que prohibir es fácil. Que guiar es lo verdaderamente difícil. Que acompañar exige tiempo, palabra y coherencia. Que humanizar no se hace con decretos, sino con presencia. Que todo lo prohibido se vuelve atractivo y todo lo atractivo busca caminos clandestinos.

Lo dije ahí, frente a estudiantes de comunicación social, periodistas, profesores, sacerdotes y ciudadanía, en un lugar donde hace décadas hablar de libertades podía costar algo más que una mala cara: ir a la hoguera. Y lo sostengo: educar no es blindar del mundo, es preparar para habitarlo.

Tenía seis años y nadie me tapó los ojos

Lo digo también desde la experiencia. Yo tenía seis años cuando la televisión colombiana transmitió Los pecados de Inés de Hinojosa. Amparo Grisales y Margarita Rosa de Francisco protagonizaban escenas eróticas, desnudos y relaciones lésbicas. El escándalo fue nacional. La Iglesia Católica se pronunció. El país se dividió entre indignados y curiosos.

En mi casa me dejaron verla. Soy el menor de seis hermanos. El sexto. Al quinto le llevo diez años de diferencia. Crecí observando, escuchando y aprendiendo de todos: de lo bueno y de lo malo. Mis padres nunca me prohibieron nada por miedo. Me acompañaron. Me guiaron. Me dejaron explorar para que construyera mi propio criterio.

Vi la serie con la naturalidad que permite la compañía. Luego vinieron las conversaciones. Tranquilas. Sin dramatismos. Sin culpa. Mis hermanos hablaban del tema. Mis padres tampoco me taparon los oídos.

Eso no me dañó. Porque el inconveniente nunca ha sido ver. El problema es verlo sin contexto.

Prohibir no protege: abandona

Prohibir las redes sociales a los menores no los cuida: los deja a la intemperie. Les tapa los ojos mientras el mundo sigue avanzando. Los obliga a aprender a escondidas, sin criterio, sin conversación y sin referentes humanos.

Eso no es protección. Es abandono con discurso bien intencionado.

Las herramientas digitales son eso: herramientas. No tienen ética propia. La ética está en quien las usa. Un martillo puede construir una casa o romper un cráneo. Nadie propone prohibir los martillos: se enseña a usarlos.

Humanizar la tecnología es incómodo. Exige adultos presentes, no vigilantes. Exige diálogo, no decretos. Exige confiar en que formar criterio es más efectivo que imponer silencios.

Apagar pantallas no enciende conciencias. Cerrar aplicaciones no abre mentes.

Prohibir no es sabiduría: es miedo con membrete oficial.

El verdadero desafío no es que los jóvenes usen redes sociales. El verdadero desafío es que las usen sin criterio porque nadie quiso —o supo— acompañarlos. Y eso, por más solemne que sea el anuncio, ningún decreto lo va a resolver.

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Periodista, especialista en Gerencia de la Comunicación con Sistemas de Información, magíster en Comunicación, maestrando en Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina), exárbitro de fútbol, Líder Catalizador de la Innovación Pública y profesor universitario.
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