– Los Juegos Deportivos Campesinos de la Leche y la Ganadería 2025 en Valdivia como dispositivo de mediación territorial.
Resumen
En septiembre de 2025, el municipio de Valdivia, en el Norte de Antioquia (Colombia), acogió por primera vez los Juegos Deportivos Campesinos de la Leche y la Ganadería, subregional del Norte y Bajo Cauca, de Indeportes Antioquia. Quinientos dieciocho deportistas de trece municipios compitieron durante cinco días en un territorio atravesado por una crisis humanitaria activa: desplazamiento forzado, enfrentamientos entre el ELN, el Clan del Golfo y las disidencias de las FARC, y un índice de pobreza multidimensional del 81%.
Este ensayo analiza, desde el enfoque socio-técnico (Thomas, Becerra y Bidinost, 2019) y la teoría de las mediaciones (Martín-Barbero, 1987; Castells, 2009), cómo ese encuentro deportivo operó como una alianza socio-técnica emergente —configurada por deportistas campesinos, árbitros, comunidades, instituciones, artefactos simbólicos, música, infraestructuras y plataformas comunicacionales— capaz de resignificar el espacio, disminuir la tensión del conflicto y activar formas de ciudadanía campesina. A partir de entrevistas in situ, boletines institucionales, coberturas periodísticas y observación directa, el texto examina el potencial transformador de esa mediación territorial.
Palabras clave: deporte campesino, construcción de paz, alianzas socio-técnicas, comunicación pública, ruralidad, conflicto armado, género, ciudadanía.
Abstract
In September 2025, the municipality of Valdivia, in northern Antioquia (Colombia), hosted the Juegos Deportivos Campesinos de la Leche y la Ganadería for the first time, bringing together 518 athletes from thirteen municipalities in the Norte and Bajo Cauca subregions, organized by Indeportes Antioquia. For five days, they competed in a territory marked by an active humanitarian crisis: forced displacement, clashes among the ELN, the Clan del Golfo and FARC dissidents, and a multidimensional poverty index of 81%.
Drawing on the socio-technical approach (Thomas, Becerra & Bidinost, 2019) and mediation theory (Martín-Barbero, 1987; Castells, 2009), this essay analyzes how this sports gathering operated as an emergent socio-technical alliance—configured by peasant athletes, referees, communities, institutions, symbolic artifacts, music, infrastructures and communication platforms—capable of re-signifying space, de-escalating conflict and activating forms of peasant citizenship. Based on in situ interviews, institutional bulletins, press coverage and direct observation, the text examines the transformative potential of this territorial mediation.
Keywords: peasant sports, peacebuilding, socio-technical alliances, public communication, rurality, armed conflict, gender, citizenship.
El pebetero y la mula
Lo primero que uno percibe al llegar a Valdivia es el “río de camiones”. La Troncal de Occidente, esa vía nacional de 165 kilómetros que une Medellín con la Costa Atlántica, atraviesa el municipio de sur a norte por su corazón mismo, y el tráfico pesado no para nunca. Las tractomulas cargadas de mercancía bajan hacia el Caribe con la misma constancia con que suben los partes del conflicto armado. Valdivia es un municipio-bisagra: donde la zona andina del Norte antioqueño se funde con las sabanas del Bajo Cauca. “La puerta de oro del Bajo Cauca”, le dicen sus habitantes. También le dicen, con menos orgullo, “pueblo sin plaza”. Según el Censo Nacional de Población y Vivienda de 2018, aquí viven 13.801 personas en 545 kilómetros cuadrados de montañas, ríos y veredas lejanas (DANE, 2018). Las proyecciones para 2025 estimaban 14.823 habitantes (DANE, 2025).
El miércoles 10 de septiembre de 2025, poco después de las tres de la tarde, el parque principal se llenó de un color que no era habitual. Desde el sector de La Variante partió un desfile que llegó al parque: 518 deportistas campesinos de trece municipios, con camisetas que llevaban los nombres de Angostura, Briceño, Cáceres, Campamento, El Bagre, Entrerríos, Gómez Plata, Guadalupe, Ituango, San Pedro de los Milagros, Santa Rosa de Osos, Yarumal y Valdivia, como anfitrión, marchaban entre una mula y un buey —símbolos del trabajo campesino en estas dos subregiones—, personalidades municipales y departamentales, árbitros, comparsas y banderas de la vida rural.
Durante los días siguientes, cinco disciplinas los aguardaban, desplegadas en las ramas femenina y masculina: el atletismo decoraba las calles del municipio y la urbanización Villa Alba; el baloncesto y el fútbol de salón encendían el coliseo municipal; el voleibol mixto encontraba su pulso entre la placa auxiliar y el coliseo, y el fútbol se tomaba la cancha de Cachirimé, en el corregimiento de Puerto Valdivia. Todo ocurría bajo el murmullo persistente de las montañas andinas, cuya música lo envolvía todo. Mientras los deportistas locales Aron Patiño, Gisela Restrepo y Antoni Giménez portaban la llama deportiva, sonó “Canta Campesino”, una canción que por aquellos días el Conjunto Cerro Bravo, de Fredonia, presentaba en las redes sociales. Los aplausos retumbaron entre las fachadas.
El pebetero llegó al escenario sobre el lomo de una mula de hierro, conducida por el alcalde de la municipalidad Carlos Danober Molina Betancur —ingeniero agropecuario, campesino de sombrero permanente, que jamás se lo quita ni cuando lo entrevistaron en los estudios de Telemedellín—. Davison Dávila, jugador de voleibol de Valdivia, pronunció el juramento deportivo. Yolanda Ramírez, juez de voleibol, realizó el compromiso arbitral. Y entonces el fuego se encendió sobre aquella escultura metálica, y con ella se abrió un paréntesis en la historia reciente de este territorio.
Un paréntesis improbable, si se recuerda el contexto: apenas semanas antes, cerca de la vía donde marchaban los deportistas, el Ejército había desactivado explosivos dejados por el ELN. En mayo, 215 personas —92 familias— habían sido desplazadas por combates entre el Clan del Golfo y la alianza ELN-disidencias de las FARC (Infobae, 2025). En junio, una patrullera había muerto en un ataque a la estación de policía. El general en retiro Luis Eduardo Martínez, secretario de Seguridad de Antioquia, había comentado en un medio de comunicación: “no hay fuerza pública suficiente para enfrentar la violencia en Valdivia” (Caracol Radio, 1 de agosto de 2025). El municipio registra un índice de pobreza multidimensional del 81% según la Medida de Pobreza Multidimensional Municipal de Fuente Censal más reciente (DANE, 2021), construida a partir del Censo Nacional de Población y Vivienda 2018, frente a un promedio nacional del 11,5% (DANE, 2024).
Este ensayo analiza, cómo dicho encuentro deportivo operó como una alianza socio-técnica emergente capaz de producir una mediación territorial en un contexto de conflicto armado activo y desigualdad estructural. La tesis que aquí se sostiene es que los Juegos Campesinos de Valdivia, configurados por actores humanos (deportistas campesinos, entrenadores, árbitros, comunidades, familias, instituciones y periodistas) y no humanos (infraestructuras deportivas, artefactos simbólicos, música y plataformas comunicacionales), produjeron una mediación territorial que resignificó el espacio, disminuyó la tensión del conflicto y activó formas de ciudadanía campesina. No obstante, el carácter transformador de ese encuentro puso en evidencia una paradoja estructural: durante cinco días, la presencia institucional articulada en torno al deporte logró lo que meses de operativos militares no habían conseguido —un territorio en calma donde la gente volvió a ocupar el espacio público.
El análisis se nutre de fuentes primarias diversas: entrevistas in situ con deportistas y actores locales, boletines oficiales de Indeportes Antioquia, coberturas de medios regionales y nacionales, publicaciones en redes sociales y observación directa. Estas fuentes se articulan con un marco conceptual que integra los estudios socio-técnicos latinoamericanos (Thomas et al., 2019; Bijker, 1995), la teoría de las mediaciones (Martín-Barbero, 1987) y la comunicación y el poder en la sociedad red (Castells, 2009).
El corredor que sangra
Para llegar a Valdivia desde Medellín hay que recorrer, más o menos, tres horas por una vía que asciende hacia el altiplano Norte y luego desciende vertiginosamente hacia las tierras bajas del Cauca. El paisaje cambia de plantaciones a pastizales, de neblina a un calor húmedo que se adhiere a la piel. La carretera es buena, pero cada curva puede esconder un retén militar o un control improvisado. En 2025, solo en el punto conocido como La Paulina, el ELN ejecutó doce acciones terroristas (Caracol Radio, 2025): cilindros bomba, emboscadas y ataques a buses de servicio público.
La economía municipal descansa en la ganadería de levante y leche, la agricultura (yuca, cacao, caña, plátano y maíz), la minería artesanal y la pesca. Y la coca: según la Defensoría del Pueblo, en su Alerta Temprana N.º 045-2020, el municipio contaba con 2.360 hectáreas de cultivos de coca en 2019, cifra que reportes posteriores de Alerta Paisa elevan a 4.726 hectáreas, convirtiéndolo en el municipio con mayor área cultivada de la zona.
En Valdivia confluyen tres actores armados ilegales: el ELN, a través del frente Compañero Tomás y su estructura Héroes y Mártires de Tarazá, el Clan del Golfo y las disidencias de las FARC. El Colombiano (6 de agosto de 2025) lo ubica entre las once zonas activas de conflicto identificadas por la Policía de Antioquia. Las cifras de homicidios trazan una curva ascendente: Valdivia pasó de 12 en 2023 a 19 en 2024 (El Colombiano, 24 de noviembre de 2024). Pero el cuadro regional es aún más severo: en el Bajo Cauca, cinco de seis municipios duplicaron sus registros. Caucasia pasó de 38 a 65, Cáceres de 15 a 32, El Bagre de 13 a 28 y Tarazá de 12 a 24.
Los meses previos a los juegos concentraron lo peor. En mayo de 2025, los enfrentamientos entre el Clan del Golfo y la alianza ELN-disidencias provocaron el desplazamiento forzado de 92 familias, unas 215 personas (Infobae, 16 de mayo de 2025). El alcalde Molina Betancur hizo un llamado urgente al Gobierno Nacional: “la amenaza hoy es latente hacia la población civil y queremos evitar hechos lamentables” (Infobae, 2025). La Unidad para las Víctimas entregó 5,5 toneladas de ayuda humanitaria a las familias desplazadas que se encontraban albergadas en el coliseo del municipio (Alerta Paisa, junio de 2025).
El mismo coliseo que semanas después albergaría a los deportistas de los Juegos Campesinos. La infraestructura que pasó de refugio humanitario a escenario deportivo condensa, en su materialidad, toda la tensión que atraviesa este territorio. En términos socio-técnicos, esa transición revela lo que Thomas (2008) describe como un proceso de adecuación socio-técnica: el mismo artefacto —un coliseo municipal— es resignificado por diferentes grupos sociales según las circunstancias, pasando de ser un dispositivo de emergencia humanitaria a un escenario de encuentro deportivo y comunitario. No cambia la estructura física, cambian los actores que la habitan, los significados que le atribuyen y las prácticas que en ella se despliegan.

Lo socio-técnico como lente
Comprender lo que sucedió en Valdivia requiere un aparato conceptual que no separe lo social de lo material, lo institucional de lo simbólico y lo tecnológico de lo cultural. El enfoque socio-técnico, desarrollado en América Latina por Hernán Thomas, Lucas Becerra, Paula Juárez y sus colaboradores a partir de las tradiciones constructivistas de Bijker (1995) y la teoría del actor-red, ofrece esas herramientas. Como señalan Thomas, Becerra y Bidinost (2019), toda tecnología es una construcción social y toda construcción social es tecnológica. Las distinciones a priori entre “lo tecnológico”, “lo social” y “lo económico” se disuelven en favor de una mirada integrada que habla de “lo socio-técnico” (Thomas, 2008).
El concepto de alianza socio-técnica resulta central. Thomas, Becerra y Bidinost (2019) la definen como una reconstrucción analítica de una coalición de elementos heterogéneos implicados en el proceso de construcción de funcionamiento o no-funcionamiento de una tecnología. Esta noción permite pensar los Juegos Deportivos Campesinos no como un acontecimiento aislado, sino como una reconfiguración dinámica de actores, artefactos, instituciones e infraestructuras que co-construyen un funcionamiento específico: la mediación territorial en contexto de conflicto. Por su parte, Marín-Marín (2025) menciona que la tecnología se entiende aquí en su sentido amplio: tecnología artefactual (escenarios deportivos, pebetero e infraestructura), tecnología de proceso (logística de los juegos, sistema de alimentación y convenios municipales) y tecnología organizativa (articulación interinstitucional, gestión comunicacional y redes de coordinación).
Jesús Martín-Barbero (1987) desplazó el análisis de los medios a las mediaciones sociales, proponiendo que la comunicación es un espacio donde se articulan discursos, identidades y relaciones de poder. Manuel Castells (2009) complementa esta mirada al sostener que “comunicar es compartir significados mediante el intercambio de información” (p. 87), y que la convergencia de Internet y las comunicaciones inalámbricas ha generado redes horizontales que conectan lo local y lo global. Aplicados a Valdivia, estos marcos permiten comprender cómo los boletines de prensa, las publicaciones en Instagram y Facebook, las coberturas audiovisuales y las emisoras de radio funcionan como actantes de una red comunicacional que resignifica al territorio: donde los medios regionales y nacionales veían violencia, los Juegos Deportivos Campesinos de Indeportes Antioquia proyectaron fiesta, identidad y encuentro.
En un trabajo previo (Marín-Marín, 2025), retomando a Ladrón de Guevara (2023), propuso una distinción que resulta clave para este análisis: la diferencia entre comunicación pública y comunicación institucional. La primera busca fortalecer el acceso a la información, la transparencia y la democracia participativa. La segunda se centra en la gestión de imagen y reputación. Como lo expresa Ladrón de Guevara (2020), la comunicación pública debe entenderse como la posibilidad de generar socialización entre los habitantes, permitiéndoles ser escuchados. Desde la Planificación Estratégica Situacional (PES) de Carlos Matus (1996), la comunicación debe diseñarse como un proceso dinámico, en el que la interacción con la comunidad y el análisis de las condiciones contextuales permitan ajustar las estrategias de manera continua. Esta tensión entre comunicación pública y comunicación institucional acompañará todo el análisis del caso.
Esa exploración no se agotó en las fuentes documentales ni en las entrevistas. Valdivia también se dejó ver con los cuerpos en plena acción de juego, la solemnidad contenida de una puesta de medallas, la alegría desbordada de quien sube al podio a reclamar el trofeo ganado y las calles convertidas en escenario festivo. Esos momentos pedían otro instrumento. La cámara operó entonces como una extensión de la observación: para conservar lo que las palabras no alcanzan a nombrar del todo. Las imágenes que acompañan este ensayo son, en ese sentido, registros de campo que documentan, con la misma intención analítica que el resto del texto, la dimensión encarnada y territorial de estos Juegos Deportivos Campesinos.

El deporte social-comunitario, consagrado en la legislación colombiana, se distingue del deporte de alto rendimiento en que su propósito no es la competencia sino la cohesión social y la construcción de tejido comunitario. La Constitución Política de Colombia (1991), en su artículo 52, reconoce el acceso al deporte como un derecho fundamental. La Ley 181 de 1995 establece que las políticas públicas deben garantizar el acceso equitativo. Y la Carta Internacional de la Educación Física y el Deporte de la UNESCO (2015) enfatiza la inclusión como principio rector. Como indica Medina-Pérez (2013), si el deporte debe contribuir a la formación ciudadana, su comunicación no puede limitarse a difundir logros, sino que debe construirse a través de narrativas compartidas que trasciendan lo competitivo.
Los cuerpos que compiten
En el centro de la alianza socio-técnica que configuraron los Juegos Deportivos Campesinos no están las instituciones ni las infraestructuras, sino los cuerpos. Quinientos dieciocho cuerpos campesinos que, para llegar a Valdivia, debieron pedir permiso en sus trabajos, organizar el cuidado de sus hijos, recorrer carreteras vigiladas por actores armados y cargar consigo la representación de sus municipios.
Elizabeth Espinosa Patiño tiene las piernas largas y una manera de hablar que mezcla timidez con una firmeza sosegada. Es de Santa Rosa de Osos, de la vereda El Sabanazo —“una vereda muy bonita, cerca del municipio, queda como a 40 minuticos”, dice—. Es vendedora. Es mamá de Violeta, una niña de 14 años que practica patinaje. Y es fondista. Lleva nueve años corriendo, aunque nunca lo había hecho competitivamente hasta estos juegos. En Valdivia participó en los 800, 1.500 y 5.000 metros planos, y conquistó los oros en las tres pruebas. Cuando le pregunté qué siente al correr, me respondió sin pensarlo mucho: “el atletismo lo llevo dentro, me siento libre, lo disfruto, siento tranquilidad”. Luego añadió algo que no he podido olvidar: “es un reto ser mamá, trabajadora y atleta, pero cuando haces algo con amor, siempre encuentras el tiempo” (entrevista propia, septiembre de 2025).
El caso de Elizabeth encarna lo que la Ley 181 de 1995 establece como equidad en el acceso al deporte, pero con una densidad que las normas no capturan. Es una mujer campesina que compite en un territorio asediado, que corre por las calles de un municipio donde los medios solo suelen ir a cubrir violencia, y que al cruzar la meta le demuestra a su hija y a su comunidad que hay otro relato posible. “Mi sueño es llegar a ser una buena atleta, mejorar mucho mis tiempos y ser una muy buena fondista”, me dijo después de la carrera, con la serenidad de quien sabe que soñar es ya un acto de resistencia. En esa frase late algo que trasciende lo deportivo: el legado que una madre deportista le entrega a su hija al cruzar la meta en un territorio en guerra.

Steicy Escobar Avendaño llegó a Valdivia con su hijo y su computador portátil. Es de San Pedro de los Milagros, juega fútbol de salón desde hace nueve años y había pausado la competencia por la maternidad. Pidió permiso a su jefe, pero siguió trabajando entre partidos y el cuidado de su hijo, quien la acompaña en la cancha. “No es impedimento para hacer lo que a uno le gusta”, dijo ante la cámara de Redenorte (septiembre de 2025). Esa imagen —una madre que trabaja, compite y forma simultáneamente, en un pueblo del Norte antioqueño— dice sobre la igualdad de género en contextos rurales mucho más que cualquier informe.
Juan David Guerra López, voleibolista de El Bagre, también tuvo que pedir permiso laboral. “Estos juegos hace rato que los estaba esperando para poder participar”, también contó a Redenorte (septiembre de 2025). Y Yonier Grisales Tamayo, de 16 años, llegó desde Guadalupe después de haber cambiado los guantes de portero de fútbol por un balón de voleibol. “Estar aquí me llena de orgullo. El deporte me da optimismo, amistad y alegría”, me expresó cuando lo entrevisté. Sueña con estudiar ingeniería de telecomunicaciones en la Universidad de Antioquia. En cada saque y cada remate, Yonier juega por su gente y por un futuro que construye con disciplina y pasión desde un municipio que rara vez aparece en las noticias.
Estos testimonios no son anecdóticos. Constituyen las fuentes primarias de un análisis que, desde el enfoque socio-técnico, entiende a los deportistas como actores centrales de una alianza que no funcionaría sin sus cuerpos, sus decisiones y sus sacrificios. Son ellos —no las instituciones— quienes ponen en marcha el dispositivo de mediación territorial. Las instituciones proveen la infraestructura, la financiación, la organización, los medios y la visibilidad. Pero son los 518 cuerpos campesinos los que hacen funcionar la alianza.
Las reglas del juego legítimo
Junto a los deportistas, los árbitros cumplieron en Valdivia un papel que trascendió lo reglamentario. Yolanda Ramírez, quien realizó el compromiso arbitral en la ceremonia de apertura, y todo el cuerpo de juzgamiento deportivo operaron como mediadores de un orden legítimo: garantizaron el cumplimiento de reglas pactadas y respetadas colectivamente. En un territorio donde las “reglas” las imponen actores armados mediante retenes, amenazas y restricciones a la movilidad, la figura del árbitro restituye la posibilidad de un orden consensuado, de un juego limpio que todos aceptan. El silbato no es solo un instrumento deportivo: es un artefacto que materializa la idea de que existen normas que no se imponen por la fuerza.
Y estaba la música. Desde el desfile inaugural hasta el cierre, la música campesina y parrandera —las cuerdas, los cantos y los ritmos que identifican a quienes habitan las cordilleras andinas antioqueñas— operó como dispositivo de mediación cultural. No fue telón de fondo sino actante, en el sentido de Latour (2008): configuró el clima emocional del encuentro, activó la memoria colectiva, reforzó la pertenencia, creó un territorio sonoro compartido donde los deportistas y las comunidades anfitrionas se reconocieron como parte de una misma cultura. Martín-Barbero (1987) lo anticipó al escribir que las prácticas culturales populares son espacios de mediación donde se articulan identidades y sentidos colectivos.
La mula de hierro que cargó el pebetero constituye el artefacto simbólico más potente de todo el encuentro. En términos de Bijker (1995), funciona como un artefacto con flexibilidad interpretativa: para los organizadores, era un homenaje a la vida rural. Para los deportistas, un espejo de su identidad campesina. Para los medios, una imagen que condensó toda la narrativa. “Quisimos contar con una mula y con una vaca, que son ese símbolo de estas dos subregiones, del Norte y del Bajo Cauca, donde se mezcla esta zona andina con las sabanas que empiezan hacia el Caribe colombiano”, explicó el alcalde Molina Betancur (entrevista propia, septiembre de 2025).
La infraestructura deportiva que hizo posible el encuentro incluyó el coliseo y su cancha auxiliar, las calles y la cancha de Cachirimé en Puerto Valdivia. Los escenarios educativos fueron reconvertidos en alojamiento para deportistas, con una logística que implicó alimentación, transporte, juzgamiento y atención médica durante cinco días. La organización reposó en la articulación entre Indeportes Antioquia (financiación, coordinación técnica y comunicaciones), la Alcaldía de Valdivia (logística local) y la fuerza pública (seguridad). Los Juegos Deportivos Campesinos en 2025, en su conjunto departamental, movilizaron una inversión cercana a los 2.500 millones de pesos (Gobernación de Antioquia, 2025).
Según el Observatorio del Deporte de Indeportes Antioquia (2025), en ese año participaron 4.236 deportistas campesinos en los seis subregionales: 2.672 hombres y 1.564 mujeres. Ferney Cardona Echeverri, subgerente de Fomento y Desarrollo Deportivo de Indeportes Antioquia, enfatizó la estrategia de contratar directamente con los municipios: “se dinamiza todo el transporte, los restaurantes, la gastronomía, la infraestructura hotelera y la economía informal que a veces pasa desapercibida pero que es fundamental” (Primer Plano, emisión 207, agosto de 2025). Esta articulación configura lo que Thomas (2012) llamaría un Sistema Tecnológico Social: una estructura heterogénea orientada a generar dinámicas de inclusión social.

En Valdivia, el alcalde Molina Betancur calculó el impacto económico en términos concretos: “estos 500 deportistas, o un poco más que vinieron, como mínimo alguien se gastó 40 o 50 mil pesos, y eso por 500 personas son 25 o 30 millones de pesos que también entran a fortalecer la economía local” (entrevista propia, septiembre de 2025). Las tiendas de abarrotes, las legumbrerías, los hoteles y los restaurantes suministraron alimentación y alojamiento para deportistas, jueces y personal de apoyo durante los cinco días de competencia. Una cifra modesta en términos macroeconómicos, pero significativa para una economía local golpeada por el conflicto. “A través del deporte, de los hábitos de vida saludables, se crea territorio y se genera paz para una población que tanto lo necesita”, había dicho Cardona Echeverri al presentar el comienzo de estas justas atléticas (Gobernación de Antioquia, 2025).
Puerto Valdivia: el fútbol donde antes había guerra
El dato más elocuente de todo el encuentro deportivo no está en las cifras sino en la geografía: los partidos de fútbol se disputaron en la cancha de Cachirimé, ubicada en el corregimiento de Puerto Valdivia, que días antes había sido escenario de hechos violentos. El Colombiano (12 de septiembre de 2025) lo registró como un “síntoma de que el ambiente se ha distensionado un poco”. La “tensa calma” que es común en la zona, según el periódico, se transformó brevemente en algo parecido a la normalidad.
Allí, en una cancha de césped natural y que fue afectada por las fuertes lluvias nocturnas, Johiner Rivera, número siete de Angostura, ejecutó un tiro libre ajustado al palo izquierdo que se convirtió en el octavo gol de la victoria 8-0 frente a Ituango (Indeportes Antioquia, 12 de septiembre de 2025). En aquel lugar, El Bagre se coronó campeón tanto en fútbol masculino (5-1 sobre Cáceres en la final) como femenino (9-0 sobre Campamento), con mujeres que compitieron con garra. Los deportistas de El Bagre —el mismo municipio que duplicó sus homicidios en 2024, de 13 a 28— arrasaron en las canchas con un vigor que hacía pensar que la energía contenida por la violencia se liberaba, por fin, en la dirección correcta.
El atletismo también regaló jornadas memorables. Santa Rosa de Osos brilló con cinco oros, cuatro de ellos gracias a Elizabeth Espinosa y Estiven Arcila. El Bagre sumó varias medallas. Los 1.500 metros planos, los 800, los 400, el salto largo y la impulsión de la bala: cada prueba fue una pequeña celebración de cuerpos campesinos haciendo cosas extraordinarias en un territorio normalmente golpeado. El voleibol mixto, con Liliany Jaraba Navarro sacando desde la línea de fondo para darle el título a Cáceres, cerró con la final ante El Bagre. El fútbol de salón definió a Valdivia como campeón masculino, defendiendo el título obtenido el año anterior en Toledo. Nelson Augusto Hernández Díaz, servidor de Indeportes Antioquia y asesor para las dos subregiones, lo había dicho en su discurso de apertura: “durante estos días, no solo veremos goles, canastas o puntos, también presenciaremos historias de hermandad, respeto y alegría que quedarán en la memoria de Valdivia” (Indeportes Antioquia, 10 de septiembre de 2025).

La comunicación como actante
El alcalde Molina Betancur —el mismo hombre de sombrero que condujo la mula de hierro al parque— lo expresó con lucidez: “muchos medios se sorprendían: ‘venga, pero es que si hace 15 o 20 días había una noticia no tan buena en Valdivia, ¿cómo es que ahora van a hacer juegos campesinos?’”. Y agregó: “precisamente de eso se trataba, de hablar un poquito de lo otro” (entrevista propia, septiembre de 2025). Una periodista de un canal de televisión expresó al aire: “lamentablemente, casi siempre mencionamos a Valdivia para hablar de noticias que no son tan positivas, pero allí también están pasando muchas cosas buenas” (Telemedellín, 10 de septiembre de 2025). El giro mediático fue verificable: El Colombiano tituló “‘Tregua’ al conflicto en Valdivia”. Teleantioquia, Redenorte, Caracol Radio, Todelar y diversos medios independientes y comunitarios cubrieron el encuentro deportivo. También, los deportistas compartieron contenidos en sus redes sociales.
Indeportes Antioquia produjo seis boletines de prensa durante los cinco días, con fotografías y testimonios. Las publicaciones en Instagram de @indeportesantioquia y @alcaldiavaldivia, así como en sus cuentas de Facebook, generaron contenido visual que circuló en redes —la Alcaldía transmitió tanto el acto de apertura como los partidos disputados en el coliseo vía streaming—. El noticiero audiovisual Primer Plano (emisión 211, 13 de septiembre) incluyó una nota sobre Valdivia, al igual que los informativos radiales La Voz de Indeportes Antioquia y La Voz del Deporte Antioqueño. Desde la perspectiva de Castells (2009), estos múltiples puntos de entrada a la red comunicacional descentralizada funcionaron como actantes que, durante cinco días, desplazaron la narrativa de violencia. La comunicación pública no fue un accesorio del encuentro deportivo sino un componente estratégico de la alianza socio-técnica.
Pero el término “tregua” entre comillas, tal como lo usó El Colombiano, delata una ambigüedad que merece análisis. No hubo un acuerdo formal entre los actores armados. Lo que hubo fue una confluencia: la presencia masiva de comunidades de trece municipios, la cobertura mediática y una coyuntura que el alcalde describió como una “mejoría notable” previa en seguridad. La “tregua” fue, quizá, menos una decisión de los grupos armados que un efecto emergente de la alianza socio-técnica: cuando cerca de 500 personas ocupan el espacio público, cuando las cámaras transmiten desde un territorio estigmatizado, cuando el coliseo se llena de aplausos en lugar de desplazados y el territorio se reconfigura momentáneamente.
Y luego se desmonta. En diciembre de 2025, apenas tres meses después de los juegos, el ELN ejecutó un paro armado en el que quemó un bus de transporte público en la misma vía Medellín-Costa Caribe que atraviesa Valdivia. El Ejército reforzó la seguridad en el sector de La Paulina y recomendó viajar en caravanas custodiadas (El Tiempo, 15 de diciembre de 2025). Las dinámicas del conflicto retornaron. La pregunta que deja este ciclo no es si el deporte campesino funciona como mediación territorial —los Juegos Campesinos de Valdivia demostraron que sí—, sino por qué el Estado no sostiene en el tiempo aquello que demostró ser posible durante una semana.
Es importante recordar la advertencia que hace Ladrón de Guevara (2023) sobre una tensión persistente: la confusión entre comunicación pública —orientada a la ciudadanía— y comunicación institucional —orientada a la imagen de la entidad—. En Valdivia, esta tensión se manifestó en la coexistencia de narrativas: por un lado, los testimonios de deportistas y la cobertura de medios independientes constituyeron un ejercicio genuino de comunicación pública, por otro, los boletines de prensa también cumplieron funciones de posicionamiento institucional. La línea entre ambas no siempre es nítida y pueden convivir. Su gestión adecuada es fundamental para que la comunicación del deporte sea una herramienta al servicio de la ciudadanía y no de autopromoción.
Lo que sembró Valdivia
Los Juegos Deportivos Campesinos de la Leche y la Ganadería 2025 demostraron algo que los informes de seguridad rara vez recogen: que, en un territorio asediado por tres actores ilegales armados, con un índice de pobreza multidimensional del 81% (DANE, 2021), donde semanas antes se habían desplazado 215 personas, es posible reunir a 518 deportistas de trece municipios para competir en paz durante cinco días. Que los partidos de fútbol pueden jugarse en Puerto Valdivia, el mismo corregimiento que fue escenario de enfrentamientos recientes. Que una madre vendedora de Santa Rosa de Osos puede correr libre por las calles de un pueblo que los medios solo mencionan para cubrir conflicto. Que un joven de 16 años de Guadalupe puede soñar con la universidad mientras saca un remate de voleibol. Que la música parrandera puede llenar las calles donde antes solo se escuchaban los partes de la guerra. La mula de hierro que cargó el pebetero al inicio resume todo esto: es un artefacto hecho de trabajo y de historia campesina, y sobre su lomo se sostuvo, durante cinco días, la posibilidad concreta de otro relato.
Desde el enfoque tratado, los Juegos Deportivos Campesinos operaron como una alianza socio-técnica emergente en la que actores humanos y no humanos se alinearon y coordinaron para producir un funcionamiento específico: la mediación territorial. Esta alianza resignificó el espacio público, activó la economía local y generó formas de ciudadanía campesina visibles y reconocidas. La comunicación pública, en ese ensamblaje, no fue un acompañamiento sino un actante central que transformó la narrativa del territorio. Las mujeres campesinas como Elizabeth Espinosa y Steicy Escobar encarnaron la fuerza transformadora del deporte con una intensidad que ningún discurso institucional podría igualar: competir, trabajar, sacar tiempo para el cuidado de sus hijos y representar a sus municipios, en un contexto de conflicto armado activo, es un acto de agencia pública que merece ser reconocido como tal.
El encuentro reveló la potencia del deporte campesino como fuerza transformadora. No un paliativo, no un sustituto de políticas estructurales, sino una demostración concreta de que cuando se articulan instituciones, comunidades, comunicación pública e infraestructuras, se pueden generar condiciones de paz territorial. La paradoja estructural, sin embargo, persiste: esa articulación se desmontó al terminar los juegos. Si una semana de deporte campesino puede lo que meses de operativos militares no logran, tal vez el problema no sea la falta de herramientas sino la falta de voluntad para usarlas de manera sostenida.
El Bagre, el municipio que más duplicó sus homicidios en 2024, fue también el que arrasó deportivamente con mayor amplitud. Esa paradoja no es retórica: el potencial humano para la construcción de paz existe precisamente allí donde más se necesita. En Valdivia quedó sembrada, como se indicó en las líneas del último boletín de prensa de Indeportes Antioquia, “la certeza de que el deporte campesino es mucho más que competencia: es identidad, unión y futuro para el campo antioqueño” (Indeportes Antioquia, 14 de septiembre de 2025).
Referencias
- Ballesteros-Herencia, C. A. (2021). Propuesta para un plan integral de comunicación en la gestión deportiva. Revista Iberoamericana de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, 10(3), 160-177.
- Bijker, W. (1995). Of Bicycles, Bakelites and Bulbs. Toward a Theory of Sociotechnical Change. Cambridge: The MIT Press.
- Campillo, C. (2011). Comunicación pública y administración municipal. Una propuesta de modelo estructural. Pensar la Publicidad, 4(1), 45-62.
- Caracol Radio. (1 de agosto de 2025). “No hay fuerza pública suficiente para enfrentar la violencia en Valdivia”: secretario de Seguridad. 6AM Hoy por Hoy. https://caracol.com.co/
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