#En200Palabras:
Tenía seis años. Curioso y con el alma llena de ganas de explorar.
Esas vacaciones las pasé en la casa de mi abuela, ese lugar donde la libertad olía a café, a mango biche y a caña recién pelada. Corría por los pasillos, jugaba con perros y gatos, elevaba cometas y armaba travesuras con mis primos.
Una tarde decidí molestar a los tres toros del predio vecino: grandes, musculosos, de mirada desafiante y cachos filudos. Con un trapo rojo, los provoqué desde la cerca. Les grité. Los reté.
Al rato, los toros embistieron la malla metálica y la derribaron como si fuera de papel. Entraron al patio como dueños del mundo, bufando, corriendo, pateando todo a su paso. La casa se volvió un caos.
Mi abuela y mis tías se escondieron debajo de las camas. Gritaban y temblaban de miedo. Yo, mientras tanto…, estaba en la tienda.
Una tía me había mandado por dos docenas de huevos. Iba feliz con una prima menor, jugando, persiguiendo mariposas… hasta que resbalé. Cuando me levanté, solo dos huevos habían resistido.
Regresé angustiado por los huevos rotos, pero me encontré con el desastre que había dejado atrás.
Esa tarde no hubo “algo”, ni juegos. Solo el recuerdo de los toros y el caos que desaté.