• Primera parte #En200Palabras:

Transcurría la segunda semana de diciembre. Yo, con siete años, le dije a mi mamá que me iba para el parque. Me vestí con indumentaria deportiva: pantaloneta, camiseta y los únicos tenis que tenía.

A mi mamá se le hizo extraño por la pinta, pero subí sin decirle nada. Había escuchado a mis amiguitos del barrio hablar que se efectuaría una competencia de atletismo y que saldría del parque principal. Mi intención era correr

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Efectivamente, se disputaría el fondo del Campeonato Departamental de Atletismo. Se trataba de un circuito por las principales calles de Fredonia, Antioquia.

Yo, sin pensarlo, acudí a la mesa de inscripción. Di mis datos y me entregaron el número para portarlo en el pecho. Los organizadores estaban asombrados y preocupados: no esperaban niños. El recorrido estaba diseñado solo para los mayores.

Para calentar, empecé a mirar a los demás e imitar sus movimientos. Ellos estiraban un pie y yo hacía lo mismo.

Mientras me alistaba, me encontré con dos amiguitos, a quienes convencí para que también corrieran. Ya éramos tres.

Estábamos ansiosos y expectantes. Ninguno estábamos familiarizados con el atletismo. Era la primera vez que competíamos.

Felices, nos ubicamos en la primera línea de salida. 

  • Segunda parte #En200Palabras:

“Vamos niño, usted puede”

La salida, la cual los organizadores fijaron cerca de la Normal y la Casa de la Cultura de Fredonia (en ese momento mi papá la construía), era compleja y quedaba en bajada, con una pendiente pronunciada.

Cuando escuché el sonido que indicaba la largada, salí como “caballo desbocado”, bueno, así lo recuerda uno de mis hermanos, quien estaba en compañía de mi papá.

Ellos me vieron bajar a toda dentro de la multitud, brincando y en zigzag. Tampoco les había dicho que estaría en la competencia.

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Así era, sin técnica, pero con muchas ganas, corrí y corrí por todo el terreno irregular, por esas subidas y bajadas típicas de las calles de municipio.

Antes de terminar la primera vuelta, de las tres que comprendía el circuito, el artista y atleta Álvaro Noreña Jiménez, quien, al verme tambalear, me tomó de la mano para ayudarme. Esto sucedió en la calle conocida como La Variante.

Con palabras de aliento me motivó para continuar. Y desde los balcones y desde las aceras de las casas, la gente también me apoyaba. “Vamos niño, usted puede”, me gritaban.

Me detuve cuando completé la primera vuelta, busqué a mi hermano y me senté en un andén. 

  • Tercera parte #En200Palabras:

La emoción por mi primera medalla

Nunca había corrido con esa intensidad. Era mi primera competencia de atletismo.

A mi hermano le manifesté que eso era muy duro. Estaba agotado y agitato, pero con deseos de continuar.

Fueron pocos los segundos de reposo para retomar energía y, mientras tanto, traté de observar a mis dos amiguitos, pero no los veía. Se habían quedado en una de las subidas.

Me puse de pie y seguí. El propósito era completar otra vuelta, ya que uno de los jueces me confirmó que, para mí, eran solo dos.

No sé en realidad cómo corrí, pero lo hice a mi ritmo. Aunque algunas cuadras las recorrí a medio paso o caminando, poco me importó. Solo quería disfrutar, aprender y terminar.

Entre aplausos, crucé con orgullo la meta. Lo hice primero que mis amiguitos.

Sin embargo, los organizadores estaban sumamente preocupados. No tenían previsto los reconocimientos para las categorías menores.

Me entregaron la única medalla sobrante: una de plata Senior Máster.

Todavía guardo la medalla obtenida en la prueba de fondo del Campeonato Departamental de Atletismo.
Todavía guardo la medalla obtenida en la prueba de fondo del Campeonato Departamental de Atletismo.

No me preocupé por la denominación de la presea. Lo único que me importaba era que tenía una medalla en mi pecho, que había corrido con los grandes atletas del departamento y que lo había disfrutado.

Eso, realmente, me hizo feliz.