• Primera parte #En200Palabras:

Un ring de boxeo improvisado en la calle

Era sábado en la mañana y nadie tenía que ir a la escuela. De repente, escuché voces en la calle. La gente del barrio se reunía al frente de una casa vecina. Eso me llamó la atención y salí corriendo para saber qué sucedía.

Mi hermano Juan David y sus amigos habían prestado guantes de boxeo y, entre ellos, se retaban para pelear.

De manera improvisada, armaron un ring en la calle. Aunque las cuerdas del cuadrilátero eran líneas imaginarias.

Con cada puño, las personas gritaban. En cuestión de pocos minutos, todo San Francisco (en Fredonia) y gente de los barrios aledaños estaban presenciando tan magno evento: peleas espontáneas, las cuales emulaban aquellas proezas de los pugilistas colombianos que, en aquella época, se veían en la televisión.

Yo, emocionado, le dije a mi hermano que quería pelear. Él se negó en un principio, tal vez por miedo a que mis papás lo regañaran, pero a mis cinco años “hice una pataleta” hasta lograr que buscaran a otro niño.

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En el pasillo de la casa de doña Rosa Saldarriaga de Estrada me pusieron aquellos guantes rojos. Eran pesados y, como era de esperar, me quedaban grandes. También me indicaron cómo golpear.

  • Segunda parte #En200Palabras:

Y con un solo golpe…

No recuerdo cuántos rounds eran ni cuánto tiempo duraría, solo rememoro aquel instante en el que dieron el inicio de la pelea. El otro niño, dos años mayor, de cabello largo y más alto que yo, estaba al frente, mirándome con cara ruda y moviéndose con el paso de ‘Happy’ Lora, como si tuviera experiencia en el asunto.

Pasaron algunos segundos de análisis y yo ni me movía. La gente aclamaba acción.

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En un instante, di un paso al frente y saqué una recta con derecha, bueno, eso pretendía, pero el peso del guante hizo que el movimiento del golpe fuera de arriba hacia abajo. Le di en toda la cabeza y lo senté.

Mi rival duró poco en el piso. De inmediato se puso de pie y, llorando, corrió para su casa.

Tan solo un golpe bastó para ganar.

Mientras tanto, de manera efusiva, mis vecinos me pasearon en hombros, como si hubiera ganado un título mundial. Solo faltó portar el cinturón.

No fue una pelea cualquiera, fue una manifestación significativa de unión, hermandad e integración entre amigos, propio del juego y la lúdica.

Durante esa semana, me sentí el niño más importante del barrio y del mundo entero.